Diga usted cómo ha aprendido a vivir después de la muerte

Todo lo que ha pasado se ha perdido como un paréntesis en el cual conocí la muerte en la cercana sexualidad de noimportalavidasinocreervivirenelsexo. Ahí nadie vive, nadie que se dedique al incesto, al olvido de sí para ofrecerse como mercancía de goce, cuando lo único en la vida de ese cuerpo putrefacto hay sustancias que cortan la potencia de la vida, ¿qué es lo que nos lleva el más allá del principio de placer sino la muerte en supuesto intento de hacer de eso un motivo de amor? Y sonrío a la distancia sabiendo que la vida se juega con otras sonrisas de otros tenores, de otros cantos de otros cuerpos de otras formas de salir de ahí. Entonces, fuera de esa muerte, de eso que ahí se señala como “todo tiene un límite” salgo, como línea que me cruza y me dice, “sí, bien-decir, tu no vales esa vida de rencor y desprecio porque lo único que ofreciste, porque creías que ahí había vida, era un poco de amor” y no. No lo hubo, no hubo ni vida ni amor ni nada.

Así, puedo limpiarme las lágrimas de lo que dejé como algo que ofrecí para que nada más existiera sino la muerte, el rencor y el desprecio, cuando lo único que ofrecí fue almuerzo, escucha y compañía.

No. No se puede dar vida donde lo único que quiere existir es el disfrute por la muerte, por el sexofamiliar, por el sexoconolvido y por la muerte de virus que infecta cualquier miedo que carcome una no-vida que se ofrece como mercancía para llorarse en su seudosufrimiento.

Tengo un cuerpo

Que por ser mi primera vez puedo ser muy tonto, pero sé que no es sino indefinidas primeras veces. Estar ahí otra vez seré el error que miraré en el otro y saldré corriendo de todos los miedos que arrojé hacia fuera.

Si ella me dijo… No fui feliz con él, lo hice por necesidad…

Mañana tengo un cuerpo, lo sé.

Salida del psicoanalista II

¿Qué queda cuando en la lágrima y la garganta que se corroe hay un suspiro que corta? Un suspiro que no es la calma, sino el sollozo del dolor que se desprende por pérdidas, pérdida que no refiere a ningún algo específico del mundo “exterior”. Los dolores más horribles es cuando ya no hay nadie ni nada a quién decirle ni a quién culpar, cuando todo lo que ha pasado ha sido consecuencia de no ver cómo uno se ha presentado todos los días ante los demás. Y así, uno queda en lágrimas que no se dirigen ya a nadie más. Lágrimas que se dirigen entre palabras a otra escucha donde uno pierde terrenos que creía que ahí anidaban ilusiones. Y sí, anidaban ilusiones, junturas, puntos donde se anuda un pequeño espacio donde disfrutar de la vida; un disfrutar que trae arrastrando historias sin hablar; historias que se re-hacen como memorias en cuerpo y miedos; memorias que dejan de ser historias para tomar el sueño de vivir una vida. Para volver, en esos sollozos a la calma de otra forma de hacer historia: pasar entonces esa vida por única vez en palabras que se desprenden como lágrimas de ojos que ya no miran nada más, porque nada más mira a esos ojos, porque no hay espacio de sostén y uno cae, cae y se cae y se cae y se cae hasta llegar al lugar aquí, en este espacio que se abre en el pecho por saber que eso es lo que intentaba darme un rostro para algo más. Un rostro, que es gesto, que es voz, que es mirada, que es tacto, que es sonrisa, que es tristeza, que es enojo, que es paciencia; un rostro que se cae y muestra que soy sólo esta caída para alguien más que ya no existe nunca más.

Salir del consultorio del psicoanalista es caer también.

Y es que después de años la marca del camino no tiene absolutamente nada más que lo que ha caído como semilla donde crecer una creencia sin garantía. ¿Qué garantía? Asumir que en este germen que uno ha sostenido, la vida se rehace en otros soles que aluzan la vida de una esperanza al pie de la letra que ha caído. ¿Qué letra me convertí al caer de todo lo que sostenía? La letra B. Ve, mira que ya no hay nada que mirar, “ya ver o” como significante en sueños; no-vela, como otro significante que me pone a una erre de distancia con lo que me ha permitido no arrancarme los ojos. Y así, ¿cómo mirar aquí, ahora y por todos los días? ¿cómo volver a ver, a mirar? Con los mismos ojos que soy cuando miro que nada hay que mirar y me quedo, no en la ausencia, sino en la presencia de esto que podría ser si sé que siempre he sido algo más que tristeza.

Pues bien, este camino de años me lleva a decir y saber que compartir una vida de alegría, de amor, de escucha, de entendimiento, de sinceridad es el esfuerzo que haré por saber que es posible sonreír al dormir con aquella que disponga de una honestidad en su corazón.

Así, sabiendo que no hay certeza, asumo el camino de mi mirada.