El hueco

Baruch Martínez Treviño

<<Flora pediría papel y escribiría:

‘Árboles silenciosos

perdidos en el camino

refugio manso

de frescura y sombra.’>>

Clarice Lispector

I.

Aquella medianoche, de mareo por piel expuesta que sudaba entre otros cuerpos en el espacio oscuro de luces indecisas, con el alcohol mínimo, en las venas del oído enrojecía sinistrail sentinal. Carcomida la palabra de puro movimiento quebrado, con otros y otras en derredor que bailábamos algo tan abierto como las notas sin tiempo sobre el unísono de la cordura.

Es entonces pasadas las dos a eme que llega el fin, en el filo del escape, buscando nada donde una me toma y no me dice que está olvidando a alguien y sólo bailamos de sonrisas y éxtasis de desconocidos. Donde no hay imperfección si sólo somos un cuerpo arrastrado entre luces y sonidos. Así me ignoro de lucidez, como si en sus manos me acercara para morder y chupar su labio inferior mientras ojos que sonríen en la oscuridad sigue danzando un primitivo coqueteo de dos anónimos que se olvidan un instante después.

Pero el error de no saber cuándo es que el instante termina, lleva la vista hacia otros claroscuros de otros destellos y de otros nombres. Porque después de tomar mi ropa y alejarme de ese cuerpo que recuperaba su forma hinchada por el naufragio, era mejor no voltear a mirar cómo se hundían las sombras entre el silencio de la absoluta soledad.

II.

Que así empezó en ella lo que no quería conocer de cuando nadie habla. Porque se dijo a ella misma que no sacaría del cajón, en ese podrido mediodía, nada con que encender su angustia. ¿Qué deseaba sentir más acá donde él ya no estaba? Porque sabía que era él en su total oscuridad, porque recordaba ese temor que desde su mano en su cintura la noche anterior la acercó a él. Entre la misma canción que ahora, este mediodía cadavérico apenas pensaba bañar su cuerpo mientras seguía fumando de su pipa entre el sol que, impertinente, la reflejaba seca y hermosa en el espejo de su vacío cuarto, o su cuarto de cuerpo vacío en lo que él, de idiota porque no creía, le dejó su número. Pero ella no quería, o eso decía mientras frente a su espejo desnudo se quitaba el maquillaje mientras que la regadera sonaba el digno regreso. Que no tenía por qué buscar a alguien que se fue sin decir adiós, ella decía y mientras aclaraba su vista daba cuenta de unas líneas debajo de su seno “¿qué te hiciste pendeja?” Pensó mientras se ponía los anteojos. Era una frase, justo en la boca del estómago. La leyó frente al espejo en el sentido correcto, eso significa que él no la rayó, porque si él hubiera sido se vería en sentido inverso, “¿yo me rayé?”

Las cosas que no podía terminar de hilar, las risas, los pasos torpes, un perro detrás de una reja, unas luces de autos y ella prendida del brazo de él que le decía que tuviera cuidado y que sólo le señalara el camino para dejarla en su casa. Que en esa nebulosa de remembranza, en esa madeja de sensaciones de madrugada y de alcohol todo se perdió, para siempre. Sólo sombras de risas y de rostros a los cuales ignorar porque ella del brazo hacia un quizá abrazo de otros tiempos que aguarda en su cuerpo que, por orgullo, no podía sacar esas memorias de esa sensación de necesitada de un abrazo, por favor, un abrazo.

Dio otra calada para recordar pero lo único que alcanzaba era rellenar esa línea en la boca del estómago. Él le pidió un beso y le regaló una flor. Fue al cuarto mientras seguía el agua cayendo, ahí estaba, esa flor roja y grande en un vaso con agua. Volvió con una extrañeza que le daba un poco más de tranquilidad. En el ejercicio de escrutar su cuerpo y su memoria, o su memoria a través de su cuerpo. Porque eso hacía, frente al espejo, mientras se tocaba el cuello y sus manos eran él en esa noche con los espasmos que agitaban la cama, y entonces era el antebrazo de él que ella pedía un poco más con sus glúteos en el abdomen de él y ahí, reflejo que veía un ligero rasguño debajo de su oreja y entonces la flor que jugó antes de quitarse la ropa y el agua que caía ya no generaba vapor y entonces volvió al mediodía para ver que se había acabado el gas y entonces maldijo y sonó el celular dos veces. Fue, contestó y preguntó “¿sí?” con voz áspera de fastidio: tono sin señal, “¡arg!”

Y pensó con la valentía del acto en el fuego que no la detiene en memoria porque los treintaiocho centígrados fue suficiente para decidirse por el agua fría y bañar el recuerdo de un cuerpo no descifrado de lo que ofreció a la noche.

Debajo de la regadera descubrió que no hay baño en la memoria, solo un inconstante goteo de imágenes fecundas desde las uñas en el cuerpo mortecino que aún ceniza exhalaba de su boca. No hay lumbre en su costado, de un golpe que tenía en su camino el ardor de la entrepierna, donde el agua se enfriaba con más contraste, como si ahí la diferencia de tonalidades goteara un amoniaco de su recuerdo de un tipo de ácido por lo que él le dijo mientras arrastraba su cuerpo encima de ella, susurrando nombres diversos de mujeres desconocidas. Sí, ahora recuerda que él decía, llamaba o bramaba, nombres de mujeres, recuerda ver su rostro cerca de su rodilla mientras separaba sus piernas y sentía su boca muy caliente aproximarse por la parte interna de su muslo. Recuerda que él, de cabello muy corto en frente amplia con ojos negros y grandes decía Romina y sus manos redes a sus bestias, Carmen y su lengua con sonido de tacto en piel, Estrella y su cuerpo sobre el tiempo de su inhalación, Georgina y el agua que vertía con sus dedos entre su cabello, Raquel y el susurro en su oído de un hielo que se derrite, Brenda y planicies de color de la tierra que besar. Y entre aquellas ella sabía que ignorar un lugar en sus palabras la volvía un pliegue de un relato que él le dijo que quería escribir. Recuerda que se pensó en cada uno de los nombres que empezó a sentir cerca del oído mientras su cuerpo recibía cada posible mujer en la extensa palpitación de ella. Como si a cada nombre cambiara el movimiento de su cuerpo, como si en cada insistencia en él de aquellas otras fuera la cordial invitación a ser todas las mujeres que podría conocerse, en ella misma, en el resoplido que encendía las brasas de sus abrazos que aún aguarda como obsequio de su vida entregada. Porque considerarse en el lugar del desconocimiento, de su renuncia a una forma propia entendía que era como si en cada desprecio por su identidad pidiera ser todas las mujeres de ese desconocido.

III.

Porque voces que besas las veces que embistes si manos que golpean sin luces en mis desiertos que lunas entran y mares salen y salan tu boca que deja de hablar porque besas sin nombre de gemidos que no logras y yo ya seis que son las categorías de mujeres que escondes entre mis costillas y sólo aguardo tu nombre dentro de mí, como si no fuera un cuerpo ni un faro ni un oasis, como si fuera una marca que saldrás de aquí y no sabré cómo te llamas.

Del viento que poniente seca la vista y lloro por necesidad que es la rareza de una soledad envuelta de tus memorias que no conozco y que apalabras para narrarme un nado de recuerdos de otras luces, que mi cuerpo te perteneció tanto para roerlo con tus condenas a no olvidar. Llora mi vista que pierdo en los nombres de todas ellas para abrazarte con fuerza y sentir tanto ardor, tanta perfección que no es mía, que solo este abrazo te sostengo a mi oído esperando escuchar tu nombre y un sórdido y silente gemido recorre tu cuerpo y electrifica esta humedad para ver nacer un olvido en mi cuerpo. Lloro porque oro para que todo seco se pierda en un sueño, que exhausta y menos ebria me doy la vuelta hacia la nada y mi rostro tiene unas notas que recuerdo y no olvido y vuelven y vuelven quizá como una barredora que anda afuera a estas horas de la madrugada y un escalofrío recorre mi cuerpo y un frío de abandono me arropo con sus nombres pero no las conozco y sólo son manchas y sombras que incorpóreas hacen más profundas las notas que vuelven y vuelven de mi vuelta al nado de profundos olvidos.

IV.

Secando su cabello, agua que gotea cerrada la llave de la memoria visitas el espejo “¡Claro, yo me rayé!”, piensas recordar aquí entre tus sonrisas porque aún llevas el rosario en la muñeca y lees que tus manos tiemblan aún y sólo quieres echarte en la cama desnuda y que el calor te vuelva a sudar esos nombres.

Tengo el antojo del desnudo domingo podrido de un rostro que no es mío y quiero tocarme pero estoy cansada y tocarme por soledad es el falso testimonio del confesionario posmoderno de amarme a mí misma como si con eso nos vacunáramos de la infección de sentir por un desconocido todos sus nombres en mi cuerpo. Que el suave ventilador me escurre el seco aire de fines de verano para ahuyentar de mí eso que vuelve y vuelve y por eso mejor pinté cada aspa de un color distinto para verlas y blanco que vuelta constante chorrea olvido de mi recuerdo para sólo ser un cuerpo desnudo que odia esos mandatos de amor propio. Ahora que he sido (quiero creer) todas las mujeres de él, sostener su nombre en mi abrazo para ahora abrir mis brazos y dejar que el viento de colores borren el silente gemido que vuelve y vuelve.

Que se vaya el presente y me deje navegar en el vacío domingo. En el aroma que se levanta y rocía a mis costados las pocas plantas de mi cuarto solitario, que Four hands al piano me disipen y me llevan en sus notas a Alemania para soñar que el abrazo de los colores, hoy, es todo lo que tengo.

Suena el celular. Pienso “mierda”, dudo “¿no lo había apagado?”, mira que ahora una llamada quizá mi madre en el vilo de la luz mi ojo se esfuerza por capturar el quién en la pantalla y entonces silencio, no más timbre y mejor así porque dormida sigo y me vuelvo en mí misma como cuerpo que me abrazo que hace frío si me miro otra vez aquí.

Suena el celular y no sé si aún son las tres de la tarde y si aún estoy aquí porque en este instante que vuelvo mi cuerpo siente el aire del patio que mamá dejó la ventana abierta y la luz es brillosa porque al campo íbamos y pájaros mirábamos que dormían entre ramas que volvían reinos de destellos esos veranos con mamá y papá que suena la ambulancia y del despertar, no, no estoy con ellos, estoy escuchando mi celular que me vuelve de eso que aseguró mi cuerpo como un pasado que me acecha y me gusta pero hace más doliente mirar el celular y que diga “Desconocido”.

No contesto y me incorporo, sí, reviso el celular, me echo una manta encima y veo, entre WhatsApp sin relevancia, alguna amiga que quiere, o quiso, que saliéramos, porque ya no es la hora de mi verano, sino del verano de este podrido lugar que no debo pensar así porque ¡Yei, soy subversiva que me amo sin culpas! Y me da un poco de asco, no es suficiente el sarcasmo, que entonces este podrido horario que no me pertenecer ya no hice nada hoy, ningún pendiente. Tipos equis con mensajes equis que, el hecho de que tengan una letra es mucho para ellos, porque lo que tienen es que no abro los mensajes y sólo borro… hasta dar con él, que su foto una flor roja.

Y si digo su foto flor roja es porque es un +52 con un dígito que, si, claro, anoche intercambiamos números pero perfecto no nombrarlo dejando espacio a la barredora de lo que hacemos esas noches en esos lugares, dejamos un espacio para el olvido precipitado, ¿para qué nombrar algo que sé que se va a ir? ¿Para qué gesticular cuanto te llame? Mejor me ahorro mis arrugas, por eso sin-nombre que me evite la pena de nombrarte en mis días a solas. Anticipado el rechazo, olvido, rencor, fastidio, neurosis, intolerancia: gracias mensajes de feisbuc que me enseñaron a huir del lugar en la palabra del otro como la mayor condena para ésta podrida soledad.

Por eso flor roja sólo dígitos que no son memoria, son un número de serie que no me pertenece, que al carecer de lugar en mi orden, pasa pronto al deshecho. Pero un mensaje, una intriga que diga algo que ponga una sombra o un matiz al encuentro. Y sí, un único mensaje “Cuida tu hueco” para mi vista y tacto de inmediato volver a pasar a la boca del estómago. Sí, por ahí pasó su nombre, el último de una hilera de suspiros que guarda de cada una de ellas. ¡Ay! ¿Qué pedo conmigo? No es un tatuaje, al menos no en la piel. Que sí, ahora mismo mi mano está acariciando este hueco, me acaricio y dejo que un espasmo recorra mi tarde, dejo que caiga el recuerdo de esa cama en la casa del campo cuando a mis cinco años mi padre me abraza para que pudiera dormir con su nombre cubriéndome de otro podrido verano.

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1 de enero de 2018

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Las uñas

Baruch Martínez Treviño

¿Quién comprende, como él, la dicha que hay en invierno,
en las sombras de sol contra el muro?
F. Nietzsche
Después de mi muerte nadie encontrará en mis papeles

éste es mi consuelo– ni una sola aclaración sobre aquello

que en realidad ha llenado mi vida;

nadie podrá encontrar ese texto que yace

en mi interior más profundo

Soren Kierkegaard

I

En esas mañanas de invierno, con el azul frío que entraba resplandeciente entre las plantas que acomodó en la ventana, con los reflejos y sombras que llegaban a la mesa, ella colocaba una toalla blanca recién lavada y sobre ella tres hileras. En la primera hilera tenía todo el resto que debajo de las uñas raspaba, en la segunda todas las uñas que esa mañana estaba cortando de sus veinte dedos, empezando con el meñique del pie izquierdo hasta el meñique de la mano derecha, en la tercera hilera tenía todos los pedazos de perioniquio que por la idea de que la uña debía de estar lo más corta posible, terminaba lastimando el espacio lateral de la misma. Seguido a eso, teniendo en la mesa el agua oxigenada y gazas se limpiaba cada dedo, cada entre dedo, cada pequeño corte que frecuentemente se infligía. El sonido al limarse las uñas era para ella insoportable, por lo tanto, decidió enfrentar el riesgo de uñas encarnadas en vez de soportar el sonido que no quería saber qué le recordaba.

Ese era parte de su ritual en las mañanas de invierno, mientras se decía a ella misma que cortarse las uñas es como contar historias, que hay que separar cada recuerdo, cada memoria e intentar saber en qué espacio para el reciclado iría cada cosa. Se preguntaba “¿Dónde debería de colocar las uñas, en el bote para el papel, en el bote para el plástico, en el bote para los metales, en el bote para el vidrio o en la basura orgánica?” Los pedazos de perioniquio los dejaba en la basura orgánica, las partículas que sacaba debajo de las uñas en los metales; y por no querer investigar prefería tener una caja donde guardaba todas aquellas hileras de uñas, una para las de los pies y otra para las de las manos. En cada caja había diez espacios, cada uno para el dedo correspondiente de cada resto de uña cortada. Decía ella que cortar uñas es como contar historias.

II

En el instante mismo en que cayó del silencio un olor fétido: porque los golpes del infortunio nos persiguen desde dentro. Cuando estaba frente a ella todo lo no dicho me llenaba a sus espaldas. Que el sol caía anaranjeando el horizonte detrás de sus hombros, pretendiendo brillar contra la luz que empezaba a encenderse en esta habitación. De sus palabras las sombras me perseguían pero yo sólo sonreía, tanto, tan constante, tan permanente que podría dar la impresión de que la obligación de sonreír no la hacía falsa, sino que la mostraba hueca, sostenida por más de un minuto algo que se desvanecía en el atardecer.

Que mentir es quebrarme para dejarla salir aquí, frente a la oscuridad que nos baila desde los dedos del pie hasta el cuello. Como la sensación de abismo corporal, mientras ahora el púrpura a sus espaldas entrañable futuro en sus ojos. Era como una maldición, como un hilo atorado en el dedo meñique, como golpearme no intencionalmente en el armario para ver mi dedo quebrarse y casi por desprenderse (como no lo hizo mi grito) y soltar el hilo que tenía las diminutas letras de mi historia. Si existe el mesero que trae el platillo favorito de ella, vino y agua, es sólo una consistencia del encuentro. Frente a mí el destino de ondulación del canto que enmarcaba el lacio cabello sobre sombras que engrandecía ojos. Quizá algunos olores que perduran bajo la lengua, un poco de reacción involuntaria y mejor un trago al vino antes que dejar de entender cuál es el olor y el gesto que me metía un alfiler debajo de la uña.

Que ahí el púrpura perdió y del sí al no, entre las dudas o cualquier cosa de la vida cotidiana tenía en mis manchas movimiento de lunares que no sé qué me decían. Pero la veía, y mientras lo que decía hacía la ficción de un campo arado en la comunidad de deberes más allá de los deseos, en esos dichos que traían sus historias al presente “que a veces no entienden que estamos siendo arrastradas por una forma de relacionarnos que termina en hacer de cada momento entre nosotras una especie de ‘cosas’, como si fuéramos sólo un objeto para las demás, por eso yo les decía que hay que ser solidarias, que era nuestra obligación histórica por tantos años de despojo y de colonialismo” no sé si estaba prestando atención a su diatriba que se encajonaba en la mínima crítica de su tacto o si mejor dejaba que el tiempo surgiera de sus palabras, un tiempo presente “no sé si sabes diferenciar entre privilegios y derechos” y entonces no sabía si estaba leyendo una nota de feisbuc o si estaba escuchando a alguien, hasta que empezó a decir que “no sé qué pensar, a veces creo que mucho de lo que hacemos es una necesaria ficción para entendernos como puras marionetas de no sé qué cosa, podemos, sí, creer, como se cree que puede seguir creciendo una raíz en los pequeños espacios que la ciudad no puede terminar de pavimentar, o porque la pavimenta es que las grietas dejan que todo lo demás salga gloriosa, quizá lo que pudiéramos empezar es saber si hay algo que nos nace de estos espacios quebrados, porque ¿sabes? En el espacio que generamos entre nosotras no hay mas que grietas, mas que un cascarón quebrado hace mucho tiempo, o bueno, al menos desde que pasó eso, te lo dije, creo que desde entonces me he dado cuenta que esta cosa que hacemos, que aunque necesaria políticamente, no nos permite saber que lo que se nos quebró fueron otras ilusiones… sé que políticamente las ilusiones fueron sostén de nuestro hogar, pero tampoco es que estas ilusiones hayan sido expresamente un mandato de nuestros padres, a una amiga una mamá le había dicho ‘quizá fue un error tenerte’, ¡imagínate! Así, de la nada tienes que rehacer todo para no ser un error, o vivir en el error y no saber desde dónde y cómo procede una cosa que nos buscamos para hacernos sentir queridas y luchar por una alegría de la cual ya no sé si estoy segura que es eso lo que pudiera hacer, lo que quisiera hacer.” Aunque en esa cosa que no sabía yo tampoco sabía qué estaba haciendo ahí “porque lo he hablado con Carlos, a veces no sé si seguir con mi compañero, pero creo que en parte sí, en parte no, no lo sé” Y la escucha penetraba en esos espacios y me veía a mí mismo salir y entrar, lo veía, me veía salir a otra habitación donde de nueva cuenta estaba él que me veía salir de esta habitación para encontrarme de nueva cuenta con él en esta habitación: me veía entrar y salir, salir y entrar.

Y ella, de su cuerpo delgado y sus gestos en mano se estropeaba entre esquinas de retórica para sostener el suspiro en su bolsillo. Ahí anclado a un calambre en sus sueños despertó un recuerdo y mejor pedimos la cuenta para huir al lugar oscuro y, silencio, al sollozo volvernos un océano de olas que empujan líneas que intiman al cuerpo un no saber por qué estamos aquí. “Esta es la buganvilia donde nos abandonó”, perdido en referencia no sabía si hablaba del dolor, la alegría, el recuerdo, la sombra, la consistencia, la estaca en la mañana fría o qué cosa abandonó a ese cuerpo abandonado. Y aquí, en la habitación buganvilia de pétalos-hojas púrpuras que caían y él me veía entrar y salir mientras las paredes decían “que digan que no sé leer y que prefiero el silencio que roza el cuerpo aperlado de luces púrpuras por historias que me abandonan en el entrar salir donde él me ve que no sé leer.”

Y entonces ese claroscuro en sus palabras me decía: no quiero esto pero me acalambré el pie. Ella dice lo que no quiero saber, lo que sé que no puedo saber que me sabe no queriendo para bajar la cabeza, inclinar el cuerpo, poner una rodilla en el piso y lágrimas soy a ese silencio que todo lo escribo y aquí, sólo soy el pliegue donde el trueno y la tormenta no caen, sino se levantan desde el fondo de mi carne, haciendo grumos en la piel, haciendo de mi imagen frente al espejo un monstruo de cartón húmedo que apenas me dibujaba, plumón en mano, una sonrisa para sostener un poco de humanidad.

¿Qué es eso que solloza? No puedo decir, no lo sé, solo me tomó en el cuenco de mis sueños, en el cenote del paisaje de mis días, donde la nada sólo cae en una mínima línea de separación. La línea que separa lo que le escucho de su vida y lo que de su vida me escucha en ese instante por donde ingresa el aíre para seguir narrando. En esa rendija por donde paso de habitación a habitación. Por eso mejor no respires, pero pensarlo me hace asesino y la puerta del infierno la dibujé con gis en mi infancia, como conjuro, mientras ellos dos eran tres ¡No quiero estar aquí!

III

Narrar es el sonido del filo del cortaúñas. Me he preguntado qué tipo de materia es esto. Tal vez las historias también deben separarse en botes de basura. El problema es que cortarse las uñas necesariamente incluye otros elementos, dos seguros: carne y sangre. ¿Debo separar esas dos? Y si ha pasado un día ¿cómo separar lo que el día me dejó por sostenerme a la vida? ¿Dónde colocarla? Las historias son entonces uñas con carne y mugre, aderezadas con la sangre de mi torpeza.

IV

Por este camino llegaban ellas, era la seguridad del viento del noreste, un frío que hacía sudar las manos la presencia de su sonrisa (y en casa, en otros días no tenía nada con qué arañar la paredes, sólo era un cuerpo que ponía el rostro hacia la almohada dejando caer las notas de un mediocre piano con vibráfono, porque desconocía que sus parejas me buscaban cada invierno que en mis palabras la inmundicia decía todo). Hacia el suelo mi mirada la sombra de mi cuerpo que avanza en el frío atardecer cuando, voluntad mediante, volvería a casa. Mirada en esa mancha mía y desde el fondo de no sé qué lugar en mis pensamientos, la frecuencia aumentada de un loop de lo leído en su muro “él no merece una sonrisa mía, confórmate con mi desprecio” “mi desprecio” “mi desprecio”. Y así hasta el siguiente semáforo, luego doblo calle y camino, hoy quería a la casa, pero sé que hay lluvia de cristales.

El camino por donde eso pasaba era lo más frío que me dejó su mensaje. Porque aquello sólo hablaba viendo de frente con el pequeño cuerpo del abandono familiar. Que no digo que eso me anclaba al paso con ella, aunque noches se alejaba hasta que desaparecía de mis días. Así, mientras llego a mi estación de servicio etílico y doña Martha se aproxima a mi mesa para traerme sólo una cerveza “mi desprecio” y en las otras mesas “no merece una sonrisa” porque el viento del noreste es frío en enero.

Y del trago al fondo el eco aún:

Tenía el gato en su regazo, era el punto en que el sol tiene toda su fuerza con la cual su piel se endurece de un dorado con líneas encarnadas en nocturnos. Siempre quiso despedirse, aunque los recorridos de baile, cine y libros creían que eran uno para el otro, y también sabían que si estaban ahí, viendo que el recorrido necesitaba de justificación era porque su gato ya no brillaba en la memoria de él, quien de perro extrañaba la corteza de sus sonrisas. No había ni una sola palabra que permitiera justificar el despido. Sólo dar una media vuelta y dejar que el asombro mueva la corriente de aire en dirección opuesta.

Porque él sabía que despedirse de ella no era por infortunio del ladrido de otra historia, sino porque el perro era su amenaza. Pero no podía darle un rostro a lo que nunca tuvo uno para él. Y si ella lo sostenía en sollozos que llamaban a los buenos momentos que vivieron juntos, sólo fue para devolver el cheque en blanco del supuesto horizonte que dibujaron ese atardecer en la ventana que daba al noreste.

Por supuesto que lo más difícil para ella fue limpiar las boronas que atraían animales salvajes queriendo limpiar su casa. Ella tomó todos los limpiadores que tenía, los diluyó en una gran tina con agua y sin guantes ni nada que la protegiera de las emanaciones químicas limpió toda la casa, empezando por el ventanal lleno de notas, dibujos y demás restos. Quería limpiar incluso el atardecer, los colores del horizonte que se abrían las ocho horas que estuvo intentando no dejar ni una sola huella de la letra de su carne en el cuerpo de su espacio. De los químicos sabía que era preferible intoxicar su cuerpo mientras limpiaba a creer limpiar su cuerpo con otros tóxicos; era su forma de mantener en línea la vida de yoga y ejercicios al aire libre con dieta orgánica y libros no conocidos por nadie para conocer a nadie que hacía lo que ella y para que existiera, ¡por favor!, el encuentro de su vida “¡pero sin rastro de él en mí!”

Si sentado lograba emborracharme en la esquina de la memoria prefería perder un poco y dejar que exista un fracaso. Levantarme y salir con siempre “mi desprecio”. Según recuerdo se llama Julieta, pero cuando llega con sus 170 centímetros y sus 75 kilos prefiero llamarla “mi amor”. Aunque sus hijos ahí y yo explotando por sentirla, ella no decía nada de su carencia, porque la hermosa me alojaba y al final la dulzura de su sonrisa era, en nuestros constantes encuentros, el nombre del hombre que sus hijos pasaban: mamá, ya no llores.

Y sentía en el futuro mi espalda perforada porque no sé qué me trae a estas noches de vientos del noreste (quizá en estos agujeros es por donde se colaba el frío), donde prefiero el calor del golpe que el frío de mi corazón. ¡Ya no quería, por dios que ya no quería! Pero volvía, no podía dar vuelta en otra dirección, todo me arrastraba al mismo sitio en mi memoria. ¿Me puedes dejar tranquilo? Decidí sentarme y no decidí llorar, sólo pasó mientras un gato se aproximó a mis piernas y la plaza se empezaba a llenar de gente desde el anaranjado caer de la vida. “Es mi gato” dijo ese dorado cuerpo.

V

Porque él me gustaba por su mirada triste, sus manos fuertes y esa sensibilidad a la dádiva. Porque sus sonrisas son del hombre que de 9 a 19 horas alienta su hogar desde el escritorio donde no deja de trabajar, y así, por algo que me decido ayudarlo a limpiar ese rostro de su doloroso pasado, no me importa que no me lo pida, porque tengo secretos que me escurren de la forma en que puedo mirarlo para doblegar un poco la dignidad que cada hombre asume como un suplicio, “no me ayudes” son sus lágrimas que en ese juego de lo indefinido tengo todas las de ganar.

Que el sol le brilló esa lágrima al final de su afeitada barbilla y no pudo el silencio tragarme la pregunta “¿Estás bien?” Arrastrada a sentarme y que mi gato venga a mi cuerpo mientras el suyo encorvado, en reverencia hacia lo que quizá pueda pasar en esa espera de respuesta.

VI

Haber separado las piezas, puestas en su consecución, por espacio prolongado. No dejaba por ningún instante de considerar que no importa permanecer bajo el árbol que sostiene el clima de la casa, desde el nogal que figura las ramas del encuentro de días de invierno, de cielo profundo por escape de partículas que nuestra fábrica entierra en nuestras uñas. Aquí abajo en el recodo del tapiz mostaza, rostro gélido que el abandono fijó permanecer.

Por el frío que tiembla un cuerpo sin abrazo, meciendo la horas, con los brazos extendidos, descansados. Hojas que arreciaban arrancando cartas al otoño. Mi insistencia en el vacío, que hay nada porque él con el gato no despeja los párpados de sus nombres de pura sombra. Si no quiero recordar, porque en este espacio abierto que es mi vientre él ingresa y me empuja por dentro haberme visto viéndolo mientras cristales que refractan luces ya no llegan aquí sino como el arrullo del aire entre las ramas.

Y recuerdo que un cristal de sus pestañas cede un camino, arrojo de pregunta que me escribo en el costado del anular izquierdo: ¿quién eres tú que perduras? Y una respuesta al desprenderse ese cristal mientras todo en esa esfera me llamó a estallar al contacto con el piso, es como ver en ese instante en que la lágrima se desprende el espacio donde no hay ningún sobrante, nada que cortar, y sólo el destino de la irremediable gravedad terminó por hacer de ese segundo una eternidad sostenida en estos recuerdos.

Quizá ahora soy esos vástagos que hielan el tiempo, como hojas frías sin escritura que leer caen con el peso del invierno en nuestras venas. Cristal que amarilleaba los pasos del ígneo final, con el fuego del horizonte incinerando otros tonos para rodear con un rojo los costados de cada palabra que escribía en mi libreta mientras me mecía en esta silla debajo del nogal.

Ahora soy un cuerpo recostado. Esas hojas de mi casa me miraron desde arriba esperando cobijar este frío, yo las desprecié. Aquí todo es blanco con tonos azules. Este es otro frío. Ahora es el gélido sentir de la elocuencia, un paso antes del abismo, extendiendo, explotando en la sátira para rescatarme en un mínimo de fragmento que salga tan lejos posible de la próxima escena. Del eco del destino “aquí estás y aquí seguirás” me decía. Devolviendo a mi regazo cada pieza desperdigada, tenía esa costumbre, la empecé cuando él me regaló un gato. Pasaba tardes separando cada uno de los pelos que dejaba mientras acariciaba su memoria por volver a sentir sus uñas en mi piel. Separaba cada pelo como lo hacía con la uña, la carne y la mugre tejidas todas por la sangre que escurría de mi insistencia en no querer recordar.

VII

Ahora sólo la veía, en su escape, andando en sollozo que digno sólo las lágrimas se dejaban limpiar el final del día. Si volteaba al frío veía que la soledad no podía escribirla y en ella mi piel se estriaba, el temor palpitaba y la suspensión de sensación me detenía el tiempo en alguna parte debajo del corazón.

Veía entonces que el blanco más luminoso de cúmulus cansaba mi vista, y de fondo nimbostratus mi esperanza, mientras frente a mí multicolor de ficción citadina sentado en la plaza, cerrando la mirada no en los detalles, sino en lo que empuja desde el cuerpo que no deja que la vista tenga un lugar de arribo. Así se ahonda en la nada que arrastra el ajeno espacio vacío de sensación. Así la veía que no se adhería a su gesto de mi despido, mi nunca más, mi error y mi perdón. Perdonarme no funcionó porque ella creía en mi tristeza, pero es que sin ella soy nadie.

Que lloraba mi impotencia en esa banca no es señal de auxilio; que en nuestras noches la señal fue no más tristeza, con reclamos por estar sonriendo, que entre sábanas moradas de claros de luna acariciaba su cuello y hacía espirales con mis palabras mientras, muy en mi arrastre, un retorno me volvía al rincón donde sollozarme no saber cómo alejarme de mí. Sólo tengo la sonrisa sin rastro de procedencia, porque sonríes y extiendes tus brazos para acariciar mi cabello y mi cara y caer, en mi potencia, cristales que redondeabas con tu respiración, que purificabas con el ardor de unos pliegues que cerraban el camino para el cantar de sirenas las olas donde caen los relámpagos. Luces extensas de certeza, porque se perdía la frontera y sin mapa éramos territorio.

Porque no se adhería mi adiós a su gesto, porque no es más que un alfiler que se clava, despacio, sin dar cuenta del dolor porque limpiábamos o íbamos al cine mientras en charlas cada vez más profundo el alfiler en su pecho: debo irme. No adherido, en mis pasos de pie torpe lo supe porque un paso de costado ha sido la línea que pisaba, mis búsquedas del mismo rincón.

Sabía entonces que dominarme la soledad era la torpeza de existir, porque si ella me buscaba y me sonreía era para pedirle que se fuera y aplazarme en ese espacio incierto. Ella volvía y traía en este atraso de media hora, unos labios morados en su morena piel que vestía el sonido del aire entre palmeras de playa limpia, porque el destello de olas en sus dientes que se muestran porque sus ojos apenas la luz de la esperanza. Y aquí, sabiendo el final que no me negaba sonreír.

Un paso de costado es lo que no me permite entender el adiós, porque sabía que me quería triste y ella mi salvadora, pero yo víctima de mi propio verdugo que no eres y no puedes y no te permito que seas tú. Porque tú no puedes ser quien me cubra con un manto resplandeciente por fuera pero fétido por dentro.

Me corroe este lugar en el encierro. No hay forma, ni tu, hermosa piel morena que me desgajas en espasmos lo que queda de mi cuerpo cada que me cubres con tu manto cuando con una suave caricia colocas tu mano en mi mejilla mientras tu otra mano se ancla al fondo del mar y sólo el movimiento del espacio abierto nos precipita hasta antes de ahogarnos. Y regresamos, arrastrados por olas suaves, a la playa, con nuestros cuerpos salados, abrazados sin conciencia, como un crustáceo que se protege y busca su hogar en el cuerpo del otro.

Porque estando aquí, con este ardor en la piel, te clavé un alfiler en tu pecho que dice “no me busques” y sin darme cuenta, mi cuerpo reflejado en el espejo del baño esa tarde de frío invierno, el agua helada me cicatrizó cada uno de los alfileres que clavaste en todo mi cuerpo, con sus persistentes mensajes “necesitas mi ayuda” “necesitas mi ayuda” “necesitas mi ayuda”.

Y quizá esta soledad sea mi refugio, porque no logro identificar la procedencia de cada herida de alfileres que mi cuerpo enfermo arde en historias, que el mar inunda el barco de regreso a casa.

VIII

Es otro tipo de frío, el que surge de la tristeza mezclada con el desamparo. Un frío que no llega al hueso, sino que solidifica todo fluir interno, como un metal atorado, incrustado en el aliento.

Ese es el tipo de frío que corta la narración, como si en ésta lo único que hubiera fuese la historia de un anciano que por su propio abandono vive en un cuarto con la misma ropa y con el poco dinero para comprar el atole en una mañana gélida de enero, con hijos que lo olvidaron, con esposa que murió, sin perros que lo sigan y sin gato que le maúlle. El frío del fracaso, el frío del abandono, el frío de la tristeza, el frío que nada calentará si prestas un instante oído al sonido de la solidificación de la esperanza. Sólo salir un poco, caminar hacia el atardecer, donde el máximo brillo es en el iris que, nítido, muestra todos sus secretos por secuencia de destellos que se encuentran.

Eso es lo que arrastra, en mi caso, a mis ochenta y dos años y con el cuerpo ofrecido al manto de las hojas de cartas de otoño moribundas en solsticio de invierno. Y el rencor a todos esos que decían amarme porque del frío prefiero el sonido del cortaúñas, de ese metal que separa lo que no dejará de insistir aún y cuando mi cuerpo decrépito pase a su lugar de descanso; sé, por desgracia, que al encoger mi cuerpo por su descomposición, las uñas destacarán, no, ya no volverán a crecer. La verdad de nada me sirve saber que muerta ya no crecerán, de alguna u otra forma creo que algo me seguirá arrastrando.

Solsticio de invierno, 2018, Ciudad de México.

El Cartero.

Baruch Martínez Treviño

Llegué del norte. Este es un buen pueblo. Nadie me conoce. Conseguí el trabajo perfecto para que en pocas semanas conociera al pueblo entero. Soy uno de los tres carteros que recorren, entre la humedad y la lluvia, el sol y el frío, cada casa, cada negocio y los pocos edificios públicos: a pie, en bicicleta o en cuatrimoto en las zonas cercanas a la sierra. Nuestro jefe es un tipo alto, delgado, con cara ceniza, pero con una sonrisa sincera y tímida, relajado y condescendiente, deja que nosotros tres hagamos las rutas para la entrega de la correspondencia. A nosotros eso nos gusta, nos da la sensación de mínimas libertades en nuestro trabajo, es como hacerlo propio, íntimo.
Entre Juan, Pedro y yo intentamos salir antes de que amanezca. Cuando lo logramos, para medio día ya estamos libres. Yo prefería comer en la fonda de siempre, con Doña Lupe, que al saber que yo era cartero me contaba historias. Supongo que creía que yo las escribía o las guardaba en mi memoria y luego iba con su difunto y las declamaba, las contaba o las narraba al pie de su tumba, ya tenía bastante ocultando mis propias añoranzas. Comía y sonreía a sus historias, tan simpática Doña Lupe.
Los tres, Pedro, Juan y yo, nos juntábamos cada quince días, los jueves, a jugar cartas. También estaba con nosotros Francisco, mejor conocido como Pancho, un tipo de unos 65 años, jubilado de otro trabajo en este mismo edificio, un ex-burócrata que necesitaba sentirse productivo. Ahora él era el velador del edificio público en donde se encontraba el Departamento de Correos, espacio apartado, en un rincón, donde el aire ingresaba frío, tibio o húmedo, dependiendo la temporada y donde casi nunca encontrabas a alguien. Y si había alguien ahí era Doña Mary atendiendo los pedidos de envío de correspondencia, que, claro, habría entre 4 y 6 personas a la semana que se acercaban a enviar algo, la mayoría extranjeros que andaban “puebleando”.
Nos decía Pancho, un poco inquieto y ya entrado en alcohol, que a veces se escuchaban las máquinas de escribir, como si alguien tecleara. Le quiso explicar Pedro que a veces se quedaban pegados los bastones; yo prefería comentar que quizá algún escribiente aún tenía palabras que decirle a su amada. Y entonces pensé que Doña Lupe sí que estaba esperando que le diera el mensaje a su difunto. Pensé que éste me estaría buscando y que quizá sea él el que tecleaba, me asusté un poco. Entonces la broma que quería hacerle a Pancho ya no me dio risa y mejor apuré toda la cerveza de un trago, dejé eso del difunto. Seguimos jugando. Perdí, como siempre.

Los días más pesados para entregar cartas eran a finales de verano. Teníamos que poner telas dentro de las mochilas para que absorbieran la humedad. Estos días, donde la selva y el mar se convertían en cortinas permanentes, haciendo embudo al pueblo, como si el cuerpo estuviera dentro de una olla de vapor, con mucho calor y mucha humedad. Era muy cansado caminar y si llevabas bicicleta en ciertos lugares debías de dejarla a la entrada porque sólo se permitía ir a pie. En los trayectos largos, por más que pedalearas y quisieras que el aire hiciera un favor contra el calor, sólo llegabas sudando más que si estuvieras en un sauna. Por eso prefería ponerme dos camisas de algodón, tanto para mantenerme fresco como para evitar que la mochila se mojara de sudor y por accidente alguna correspondencia se estropeara. Nosotros no somos dueños de las cartas, nosotros somos carteros y sólo las tomamos y las llevamos a donde correspondan, eramos el medio humano por excelencia, nos convertíamos en mensajeros sin saber que a veces también éramos el mensaje.
En esos días de mucha humedad y calor prefería irme a la playa una vez terminada mi jornada. Primero iba a comer, nuevamente con Doña Lupe. Mientras comía, ella se paraba a un costado mío, yo sólo veía el plato con consomé sobre el mantel de plástico con estampados de navidad (estando en septiembre), tomaba la cuchara y empezaba a comer y sólo escuchaba la voz de Doña Lupe. No la volteaba a ver pero hacía un movimiento con la cabeza y un sonido con la garganta de que la estaba escuchando, quizá era como verla a los ojos, o como si ella creyera que había alguien dentro de mí que estaba anotando todo lo que ella decía. No sabía qué más hacer, no quería ser grosero, tampoco es que me molestara mucho, digamos que adquirí la habilidad para hacerme el muerto, para automatizar la convivencia cuando no quería y seguir en mis asuntos. Pero dijo algo que no entendí del todo, algo así como Pueblo del Norte, pero que lo único que recuerdo es que me generó mucha angustia y, sin pensármelo dos veces sólo le dije que sí, que alguien le haría hacer llegar el mensaje. Así, sólo eso, sin decir “a él”, ni cuando ni cómo. Cuando terminé de decir eso dio media vuelta y se fue. Trajo mi segundo tiempo de la comida. Comí. Pagué. Me fui.
Ese día la jornada había sido imposible, llevaba a cargo en mi mochila un par de pendientes. Estas eran mi perdición. Jamás quería regresarme con encargos, evitaba la deudas, me consumían mis tardes, hacían que me sintiera el más fracasado en mis funciones; un cartero que no puede entregar una carta es como un café frío y descafeinado.
Entonces llegaba al Departamento de Correos, soltaba la mochila que hacía un ruido suave, como desvaneciéndose, pero resonando las hebillas y un ruido que sólo yo escuchaba en mi interior: dos pendientes. Sabía lo que era: un recibo (los más comunes) y una carta.

De escala en mi cuarto había tomado la bicicleta, había llenado el canasto con las cosas que llevo siempre a la playa: una botella de vino, unos vasos desechables, unos quesos, unas aceitunas, el libro que estaba leyendo (arrugado, humedecido, de 3 meses sin lograr terminar), una libreta y bolígrafos. También llevaba los pendientes. La playa estaba a veinte minutos en bicicleta, después de pasar una parte húmeda de la selva, de arbustos medios y algunas palmeras, con mucho calor pero escuchando cada vez más el rumor del mar, oliendo ese aroma tan fresco de la playa, sintiendo la soledad pronto a inundarme y ahogarme en mis desprecios y añoranzas para que cuando me presente frente a él pueda sonreír con tanta seguridad. Había una palapa abandonada entre piedras, arena y un poco de basura, a lo lejos, como a más de un kilómetro se veían unas personas, así que estaba en un lugar seguro. Ahí me quedaba escuchando las olas, bebiendo vino y leyendo el libro. A veces el calor y el alcohol con el sonido del mar me adormecían.

Soñar entonces que un perro ladraba cartas y que Doña Lupe las recogía del lodo, las abría y las leía en voz alta, sollozando, diciendo para sus adentros -que yo escuchaba- ¿dónde estás, viejo? La voz de ella parecía figurar frente a mi edificios antiguos, parecía que de las palabras de ella, con el vaho de su aliento, se veía una silueta y nuevamente, el sonido del perro.

Me despierto, un perro que ladraba se queda ahí, quieto, viéndome, luego hace un movimiento brusco de media vuelta y se va. Tal vez fueron 15 minutos, no lo sé. Pero volteo a todas partes, no hay nadie, sólo el color arena, el sonido del mar y el calor del atardecer.
Tomo los pendientes. Pendiente uno: recibo de compañía de televisión por cable. Debe aproximadamente 800 pesos. Dirigido a la señora Hernestina Juárez. Me imagino lo más común: error de dirección. Porque en esa entrega recuerdo que me encontraba frente al número 221 de la calle Toledo. Ahí termina esa calle para topar con Periférico 1. El recibo decía Toledo 241. Además, en el pueblo no recordaba a ninguna Hernestina. Porque ha sucedido que envían un recibo a Don Primitivo García o a Clemencia Contreras con los números volteados, por ejemplo 321 en vez de 123, pero sí que conocíamos a Don Primi y a la Señorita Clemencia, no había ninguna complicación. Era un pendiente menos: hice lo que pude. Lo siento Hernestina.
Pendiente dos: Carta. Dirigida a Margarita Schuartz Cavazos. Dirección: Flores Silvestres, número 5, colonia Jardín de Primavera. Ese día entregué 2 recibos, 5 publicidades y regresé con esa carta de esa colonia. Era una colonia privada de recién construcción, no más de cuatro años, una zona residencial a la cual se ingresaba desde un acceso controlado y general, donde debía dejar mi credencial y poner mi nombre y apellidos, la hora de entrada y la hora de salida. El vigilante era un vecino de por donde yo vivía. Hacia lo que me pedía e ingresaba, anunciando con el silbato de correos que traía novedades.
Esta era la parte favorita de mis funciones en colonias nuevas, era como mi tarjeta de presentación, para que supieran que en el pueblo había un tipo de frente, nariz y cuello bronceado, de camisa blanca de mangas largas. Limpio, afeitado, sonriente, con piernas fuertes que llevaba noticias de otros lugares hasta la sonrisa de sus días. ¡Sí señoras nuevas de este Pueblo, aquí hay carteros que van a sus casas para entregar quizá una tarjeta de felicitación, quizá un mensaje extendido de un familiar de otro estado u otro país! Y sí, los había de timbres postales de otro idioma y con sellos de dos naciones. Tener en mis manos el silencio que aguarda emociones en el cuerpo del destinatario me alegraba. Mi mano, mis pasos, mis rutas eran parte del aire que hacía volar los aviones, era parte del diésel que hacía mover los camiones, era parte de la electricidad que hacía mover la locomotora; un movimiento corporal, una energía en todo mi cuerpo para tomar la correspondencia de mi mochila, leer el nombre en voz alta preguntando a la persona que abría y que me dijera, que sí, que era él o ella y seguido a eso extender mi mano viéndola a los ojos, ese breve movimiento con el punto final de su firma en mis entregas era lo que hacía que desde el amanecer mi día fuera completo. Cuando nadie abría, lo lamentaba y dejaba en el buzón aquella correspondencia. Pensaba en lo bello de llegar a casa y que alguien pensó en ti y dedicó algunos minutos u horas para escribirte.
Pero para este pendiente no encontré la calle. Había Caléndula, Campanilla, Crisantemo, Clavel, Dalias, Rosa, Orquídea, Narciso, Tulipán, Lirio, Gardenia, Hortensia, Gladiolo, Jacinto, Jazmín, Petunia, Nardo, pero no Flores Silvestres, incluso caminé a donde habían un par de calles donde aún no eran habitadas las casas a medio construir a ver si había un señalamiento, no había nada. Volví repasando en mi cabeza el recorrido, tratando de recordar si había dejado un rincón sin visitar, un nuevo callejón, una mala lectura de la carta o alguna con nombre similar. Pero no, todas las calles de esta colonia tenía nombre con una palabra.
Tengo la carta en mis manos. No tiene remitente. Aunque la devuelva al Departamento de Correos no podemos remitirla a ningún lado. Cuando pasan seis meses en la caja de las “perdidas” son trituradas. En este pueblo chico nunca se llenaba esa caja y casi siempre eran publicidad que por no interesarse en el destinatario era más común que cometieran errores. Decidí quedarme con ella. ¿Que es delito? No sé si lo peor era la culpa moral por no haber encontrado la dirección. Me serví más vino, bebí. El sol estaba a hora y media de taparse con las olas. Abrí la carta.

Una hoja oficio amarillenta, doblada en tres con marcas como si hubiera sido escrita. Al fondo del sobre había una astilla y una hoja seca. La hoja parecía de encino rojo, disuelta en el tiempo que contenía el ocre de la hoja oficio. La astilla parecía un pedazo de madera descolorida, pero al observarla con más detalle, al olerla, al rasparla un poco, parecía más bien una astilla de algún hueso. Puse la hoja de encino y la astilla nuevamente en el sobre, tome la hoja oficio e intenté leer lo que ya no estaba escrito, intenté que las pequeñas sombras de la hoja presionada por un pulso permitieran leer algo; la puse a contraluz, no logré nada.

Haber llegado a este pueblo con una mochila y muchos olvidos que ni rastro los ojos cansados comunicaban. Era solo un escéptico y ecuánime gesto de solemnidad lo que me había desmemoriado. Tenía algo de grandeza mis zapatos lustrados, mi cabello bien peinado, mi rostro bien afeitado y la sonrisa de solicitud de empleo. La inquietud, el pulso que enviaba el cuerpo hacia un destino como borrando la huella, como si no quisiera volver a leerme el pasado, como si dejara una larga sombra en mi recorrido para que al voltear me encontrara con total oscuridad y por lo tanto nada que ver ahí. Nada que ver ahí ni en ninguna otra escritura, parecía que lo que llegaba a mi vista, cuando de letras se trataban, eran ilegibles, eran solo bordes y breves profundidades, esa textura de la hoja cuando alguien escribe a mano.
No podía hacer otro viaje, otro trabajo: este era el único camino, el último mensaje, la última oportunidad para reconocer su voz, su cuerpo, su estatura, antes que la luz diera a su rostro un segundo previo a mostrarlo de las sombras y que entre sombra y luz nos viéramos sin saber a quién se le caería el temple. Porque cuando en los destinatarios de las cartas venían nombres de varones bajaba más la visera de la gorra. Había una escritura que estaba esperando ser leída. O una lectura que estaba esperando ser reescrita; y yo sólo tenía en mis puños la tinta de mi llanto, ¿qué iba a hacer ahora?

Iba a tomar el fondo de la canasta que era una tabla y ponerme a escribir, ¿para qué?, no lo se, ¿por qué?, tampoco lo sé, ¿Qué voy a escribir? Lo que sea que en este momento no puedo contener, es como hacerme un papalote para volar ante el viento de la playa, el mismo que recorre cada rincón de este pueblo buscándote. Como si escribir en esta hoja oficio fuera una condena que no puedo negarme, que no puedo no hacer, que me está cortando el cuerpo y me está inundando en una angustia de la cual debo hacer algo, algo que está en el mismo límite de escribir algo que no es mío, una carta que no es mía, una violación a otras historias de otras dos personas, una maldita violación, una maldita infidelidad, en el lugar que jamás quise estar aquí, estoy, tratando de escribir:

Querida esposa, mujer de mi vida y de mi muerte.
Tu, que sostuviste en el umbral de tu puerta mi sombra para no dejarme pasar, me advertiste que en tu casa habían fantasmas. Me dijiste que la humedad me llenaba los oídos de voces, me dijiste que todo licor se evapora, que todo pan se endurece y que no dejas de sangrar cada treinta días. Me dijiste que en ese predio habían derramado lágrimas de viudas y que habían encerrado el alma de un jaguar.
Me dijiste todo para no entrar, me dijiste todo para arrinconarme y necesitarte más. Mujer de mis muertes dime que aún me recuerdas, dime que esa sonrisa aún me vela en las noche cuando el viento sopla el olor de flores silvestres a la madrugada.
Dime que en tus sonrisas las pecas son las huellas de tu alegría, a donde sus líneas, en tus palabras, me enredan un beso que aguarda. Dime, hermosa, que me buscarás en cada encino rojo. Dime que vendrás.
Dime que en este Pueblo tu nombre no es una calle, que los sonidos no te arañan los pasos, que los venados aún galopan, que los cenzontles aún son nuestros carteros, que los fríos de las montañas los caminamos para llegar a tomar café con canela y piloncillo y ver desde ahí las tejas rojas entre la neblina que nos devuelve rocíos en las pestañas. Dime que no me olvidarás y que a cada orquídea que encuentres en tu camino el olor a vainilla volverá a figurar mi nombre en tu cuerpo. Dime que no me olvidarás y que humedeces la entrada para que mi sombra adquiera consistencia y nos encontremos una vez más en el baño ardiente.
Dime que yo soy el alma del jaguar que se comió a los espíritus que no nos dejan coger del jardín las flores con las que acariciaré tu espalda desnuda y miraré tu rostro de perfil a la luz de la luna de este Pueblo sagrado.
Querida mía, el tiempo se seca y en invierno ya no veo el lugar que le toca al viento del norte. Un lugar del cual mi vida se encerró y desde donde mis uñas rasgan esta hoja. Te dije, hermosa de ojos alegres, que aún en invierno espero reverdecer mis dedos entre tus dedos y nuestro aliento cerrando el paso al norte porque nosotros levante hacia el poniente de una total entrega.
Se me acaba el tiempo, me prometieron que estas letras tenían la garantía de llegar a su destino, me dijeron que tenía que guardar una hoja del árbol donde descanso. Descansaré con la certeza de que una buena mano te dirá que esta carta es tuya. Que aunque te cambies el nombre no puedes cambiar lo hermosa que eres al cocinar, que aunque te cambies el nombre, al solo vernos a los ojos, haciendo de nuestros cuerpos mirada, sabremos que somos nosotros el pueblo, la neblina, la tierra fértil, el mar y la playa, la selva y la humedad, sabremos que siendo una mirada podré descansar con calma, alentando mi respiración.
Amada mía, por favor, no me olvides, fuimos felices tantos años que un nudo en la garganta sé que sólo se desatará cuando llegue esta carta. Sabré que llegará. Sabré que nuestro Pueblo va a necesitar a un cartero que me sustituya.
Te amo. Yo, N. Pueblo del Norte, Enero 1943

Al terminar se había ido esa sensación, mi angustia aguardaba no sé para cuándo. Doble en tres la hoja, tomé el sobre y con sal y café borré los datos. Escribí: Xochitl Guadalupe Quezada Parrás. Metí la carta. Tomé mis cosas, ya estaba un poco ebrio, pero decidí volver. No llevaba luces, no me importó porque en estas fechas casi no pasan autos por la carretera. Anduve creyendo que estas deudas por fin iban a dejarme respirar, pensar que era un ave de fuego por el calor del vino y la emoción corporal de liberación. Dejaba un mensaje desde el murmullo y el calor de este pueblo que hacía que dudara si algún día encontraría al destinatario de mis sonrisas, como si mi cuerpo se escribiera en otras cartas de otras personas que no sabía si algún día llegarían, pero que sé que el pulso del cuerpo que hace palpitar las cartas son un tipo de desmembramiento que se regenera a la mirada de alguien más. Este ser mío, el ser cartero como el mensaje de otros lugares en las mañanas soleadas, en los mediodías nublados, en las tardes de lluvia; en el invierno y en el verano, que cada uno de los días, no había una palabra que no me asaltara en mi cama para olvidarme por qué vine a este pueblo. Así, pienso mientras mi bicicleta me lleva de regreso a mi casa a acariciar mi gato.


En el camino que iba hacia la playa encontraron una bicicleta y una canasta en el acotamiento. Primero la vio la esposa de Francisco y luego él identificó la canasta “es de el”. Tenía dos días que no se presentaba al trabajo, sólo pensaron que se volvió de donde vino, un pueblo del norte. Jamás encontraron el cuerpo y nadie lo reclamó. Se llevaron sus cosas, las dejaron frente a Juan y Pedro. Buscaron en su mochila: una carta, sólo tenía el nombre de Xochitl Guadalupe Quezada Parrás. Se veía muy vieja y no tenía ninguna otra escritura, “es Doña Lupe” dijo Juan.
La carta fue entregada a Doña Lupe, en su cumpleaños 82, Juan y Pedro se quedaron a comer. Doña Lupe les dijo “¿sabían que el cartero se llama Narciso?” No, no lo sabían.


Ciudad de México, 14 de noviembre 2018

 

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La planta del pie.

Por Baruch Martínez Treviño

Primera parte

I.

El 24 de agosto de 2010 ella había plantado algo. Le decía Galatea, por costumbre. Él, en sus sonrisas con palabras al viento en el calor de la ciudad industrial, pecaba, por no saber la deuda al preguntarse, al proyectarse el cuerpo al retorno.

Eran las tardes soleadas de la ciudad asfalto, la que había talado sus árboles para no detenerse a la sombra y sólo llegar a la oficina, la que había estirado los ríos en dirección opuesta a la música del bosque. La tarde donde encontró un anochecer en la sonrisa de ella, mientras no sabía por qué o para qué sonreír.

Podría encontrar que sus manos no tenían cicatrices, ni marcas, ni nada que lo hiciera trabajador de la tierra, podría sentarse en la banqueta, esperando el anochecer entre las calles empedradas de casas antiguas con ruido de llantas que andaban. Con el ruido de la avenida en su nuca, como un río de fulgores que aguardaban el cuerpo debajo de la cama.

Ella, que sostenía una creencia, lo hacía caer en el olvido del intervalo entre el hoy o el ayer, no conociendo jamás si se encontraba fijo a un día, un futuro o un pasado.

II.

En algún espacio de otro tiempo sostenido iba, del verde al espiral descendente. Verde con espacios abiertos. En agua o en tierra fértil. Extendía un cuerpo de ella misma para solicitar agua y nutrientes. En cada corte su vida se podría extender. Que ella era en su línea, por esqueje, toda la historia.

En otras líneas de otros textos, él, plantado en un no saber, no sabía su ignorancia y perdía toda paciencia en pesadillas. No era el calor lo que a las 3:05 lo despertaba. Veía la temperatura en el control del minisplit: 21 grados. Él, sudado, se levantaba y sentía el aire que helaba sus angustias, escapaba al dormir para evitar el recuerdo de lo que soñó. Quizá era el sueño del estrecho por donde asomaba una luz, como si quisiera salir hacia algún espacio. El cuerpo se encogía, el cuerpo se prevenía de este espacio, camino, no sabía a dónde. Prefería volver el rostro a la almohada sudada, al cuerpo cansado, gastado, sudado, temeroso. Escuchaba cualquier ruido como señal de amenaza. Silencio total, oscuridad total, y sólo el paso del tiempo atemperó lo que no sabía qué pasaba.

III.

Las mañanas de planes ajenos lo empujaba a ellas. Ella de color pastel sin cubrir sus imperfecciones le señalaba la pierna que la bicicleta golpeó para hacer como que son jóvenes. Porque cuando a las tardes de años compartidos sus cabellos rubios en nariz breve de labios gruesos alzaba una ceja en el castaño que de bosque se metía, él, en sus palabras.

Años que no pasaron a otras vidas porque sólo encontró un alivio a la angustia. Él, que se decía años después: su psicoanalista era una cobarde. Por injuria y temor pensar eso lo libraba de ser una derrota al vuelo de los amores retrógrados: “me convertiría al cristianismo”, le había prometido, desasosegando las garantías de redención. Pero él sabía que la pierna señalada ya no podría pedalear al hubiera, territorios inexistentes, salvo la mano que escribía una y otra vez la añoranza.

Ella, de sus recuerdos lanzados en el auto con Lady blue antes de que Todo lo eres para, ya no saber, si todo lo fue. Porque fue entonces el correr de su mano en la de ella quien sostenía la palanca de cambios, quien respiraba un atardecer de aromas que se filtraban en el horizonte ya agrietado. Ella de la pierna sin bici porque auto la llevaba de un extremo al otro de los labios de la ciudad húmeda del deseo que apenas se escribe mientras, sí, su mano seguía al volante con el auto derrapando las ensoñaciones de él. En el calor del auto, por la tarde de regreso de la universidad, sentía que su nombre sudaba de la piel de ella. Quería ser ese conjunto de aceite y sales que recorría su piel, se imaginaba su nariz al cuello de ella, encontrando aromas, revisando cerros, arando una tierra que no sabía qué planta aguardaba.

Mientras él, en sus mañanas preparaba los discursos de lo que, en las cuestiones políticas, tenía que aparentar que sabía lo que era como un profeta humilde de la invocación a un acto común. El bello facial, carente en él, tenía que reemplazarlo con sombras de retórica ilustre, con claridad en la voz, con el riego del vaho a la tierra árida donde plantaba su nombre. Entre el pie y su mano sólo guardaba un cuerpo que pudiera en algún momento sostenerse por sí mismo.

IV.

De paréntesis creía leer que él recorría la ciudad con la bicicleta al calor de la tarde, preferible su sudor que el olor de los demás en el transporte público. Así guardaba la impresión de fuerza y tempestad cuando lo veían, cuando lo escuchaban, cuando lo tocaban. Porque llovía su imagen que el placer de su nombre en otros lo aguardaba en pesadillas de persecución. Pero gustoso se engrandecía sólo porque sí, los motivos venían, en su cuerpo, como notas al pie y papalotes de palabras al público. Que no sabía ni el aire ni el piso que a palabras andaba sostenido por el puro placer de que las bocas gozaran al nombrarlo.

Notas al pie que el aire de los tiempos hacían volar para extasiar a los tuertos. Y sólo entonces, al cortar los hilos de la fuerza, se aproximaban ellas. Ellas de playas en su mirar, no se sabía qué miraban o por qué miraban, pero estaban ahí, logrando sin saberlo: mover el recuerdo de su padre que hacía del periódico un cometa encallado en las rayas de su diario.

Él, en su ignorancia, ya no había nota al pie que plantar. No sabía qué era una historia en la raíz, tampoco sabía los vientos que daban en la cara de él y ellas. Porque enredado en el hilo de seda con el que envolvía el tacto al mirar los ojos, como si fuesen espejos de nada, soplaban juntos imitando mejores futuros. Pero sabían: vivían un sólo presente de soledades que con pandero en mano, el ruido del amor los ensordecía, seguro a él, a las 3:05 am en medio de la carretera de vuelta a su ciudad natal.

Segunda parte

I.

La planta del sur húmedo de la zona volcánica, incolora porque nadie la veía, tiene en su cuerpo el inicio de la historia. Es planta-mito. Abierta como sus hojas. La luz suavizaba el borde. La sombra dejaba luz que caía. La hoja ocultaba para mostrar. En la sombra caían rayos de luz, como tregua a la historia abría un camino a su lectura. Planta-mito se cortaba reconociendo su incompletud. Fue su práctica del aroma de la tierra que nutrió sus extensiones, sus flechas y corazones que buscan la luz, que buscan la tierra y piden un espacio para contar la historia de su eternidad.

Y lo que pasa es que esa planta tiene su raíz en cada corte. Carece de un centro que sostenga todo lo que es. Cada corte es la historia completa, haciendo que su origen esté extraviado para siempre. ¿Cuántos años tienes?

Puedes volver a ponerla en un recipiente con agua en cada corte y seguirá creciendo, que crezca es un honor y respeto a las intermitencias del recuerdo. Aprendió lo básico: vivir. Conteniendo, siempre, toda la historia al enverdecer el iris que ciego le escriben otras tierras de otras humedades de otros cortes.

Desechado resto, queda un esqueje, en el extremo de su hoja, ¿dónde está la historia, entonces?

II.

La certeza en el ojo que ahora corta un regreso. Invadido de luces, de ruido, de olores, de persona debajo de la cama que, en una noche de cansancio, dormido al suelo, la mano del muerto extendía al cuerpo de él, inmóvil por el miedo, mano que lo invitaba a conocer el origen. Olvidando, negando, sollozando en tiempo pasado, permitía al raciocinio decir que “estaba cansado, seguro era eso”.

De difícil claridad, en la lluvia del recuerdo él lloraba abrazado en el cuerpo de ella. Sabía que algo no podía ser detenido en el grifo del encuentro. Fue la vista, fue lo observado en la pantalla.

En la oscuridad de la sala el ardor en los ojos recordaba por resguardo a un quizá. Proyectando En el camino los encuentros y despedidas eran las vueltas a las lecturas de un libro dos veces vivido. Con el calor y el olvido de esa vista que paseaba las aventuras de Keruac y Cassady, ahora en el tibio cromosoma de un regreso de la esperanza del padre, mientras que en otro el padre había muerto para buscar el regreso de no saber qué otras cosas.

Intempestivo cuerpo, incontrolable reacción de una serie de movimientos sosteniendo el abrazo del “aquí es”. Un abrazo enredado por otras plantas. Porque su casa, la de ella, tenía un vivero que reverdecía hasta el momento en que sus palabras trajeron un pequeño pulgón entre olor a café, libros y albahaca. No sabía de esporas, creyendo que el calor del asfalto las había perdido para siempre.

III.

Esa espora lo permitió. En la noche del despedir, entre fotos de celulares. Así la vista pierde un instante el parpadeo de lo que se busca.

Por noches lluviosas que arremedaba el paso del deseo, él se acercaba a ella con el pie suelto a la brisa. Ahí sostenían días de probables caricias hasta la condena del esqueje que enunciaba el otro recuerdo: ha terminado la etapa del enamoramiento.

Y la vista de él obturado en el capítulo de su ensayo, en la luz sin reflejo y en el aroma lejano, sin rastro, su mirada daba una y otra vez revisión a lo que no comprendía “Miedo”. No lograba sujetarse al texto sus motivos de existencia. Pasaba el calor, el sol, el clima, el aire, el polvo, los sonidos, los tactos, los gustos, los olores, todo pasaba menos las letras que ahí, frente a él, estaban escritas en el capítulo del Miedo.

Fue entonces en el verde que los orificios de las plantas aluzaron que el celular cortaba la vista con otras historias sin palabras. Las brisas cerraban. Ella se movía con una sensación de deseo imposible y que todo lo haría estallar, con sólo salir hacia su casa, en el silencio de la mirada de él que se filtraba por impresiones que nacían sin que él lo quisiera. Las brisas extendían y el cuerpo se expandía abriendo tanto el esternón que entraba la nada para mostrarlo inconmensurable. Pero él sólo no podía terminar de leer Miedo. Su mirada se había extraviado. Ella se iba, moviéndose con cautela para no romper los vidrios rotos de un cuerpo que aún no se sabía inconsistente.

IV.

Que haya logrado seguir sus trayectos, asediado por fantasmas. Miraba que lo miraban y él sólo sostenía su cuerpo como necesario. Necesario para nada, no sabía para qué. ¿Para qué plantar una historia de miradas si había sido visto y negado? Se preguntaba, le preguntaba y eso no permitía respuesta. Y volvía a mirar que no lograba evitarlo.

Aunque verde extendía sus hojas no lograba escribir porque rasgada se erguía al sol. Un corte y el esqueje de la planta apenas entraba, suave, en la tierra, como fusión de seres que, inexplicable, él sólo miraba.

Había olvidado, soñando, que nada estaba bajo el sol, que nada sostenía el olor de café a una planta de alguna película que lo lloraba como el regreso ineludible a lo que no sabía que había sostenido como espora en sus ojos, como esqueje que ahí sostenía una historia. Aún híbrido, aún como una herencia certera, sólo como condena podría, en algún camino estrecho de malas noches, volver la añoranza el calor que ya no permitía sudar alguna otra historia.

V.

Que de planta del pie empezó la foto hacia piernas fuertes, y glúteos prominentes, hacia espalda color arena –donde él, en algún momento, pudo tomar la foto de sus manos rojas acariciando su planicie– y cabello rubio, parecía recién salida de la regadera o… La foto contenía de fondo una habitación de rojos entornos que sombreaban una sensualidad inusual, propicia al deseo, penetrante en su impresión; que decía él “es ella, pero yo no tomé la foto… ¿quién… ?”. Foto de sus pensamientos que cortaba el cuerpo de él al dejar los paréntesis, las notas al pie, los puntos suspensivos como innecesarios pero persistentes. Como si esa foto fuera la salida del territorio, pero una herida que no conocía como abierta con anterioridad, una que cortaba las historias de tierras en mares de olvidos porque decidió huir en otros pasados ajenos “llévame, llévame de regreso mamá, por favor” como recordatorio de un corte “no podrás jamás volver a encontrarte con el papalote que dejaste en el puente”.

Foto esqueje, enraizando la pregunta, en el silencio de él “¿dónde está el esqueje pasado, el futuro, a esta foto?” y sólo emergiendo un hoja tóxica a ras de tierra que hundía su consistencia como nombre. Cuerpo cortado, en esqueje de otra historia plantaba un ingreso de esa raíz como pequeño clítoris en la tierra de su regreso, adventicia rasgadura de supuestas consistencias. De él, su tierra arada mantenía el surco del miedo por mirar demasiado.

VI.

Y podía olvidarlo; intentó olvidarlo. Pero volvía con su mano al celular a volver, una y otra vez a leer la planta del pie que no podía pasar del silencio. Una y otra vez, la foto fue ahora el día a día de su andar en la calle. “Mírame” escuchaba al otro lado de la acera, en los rincones donde se juntan los edificios, detrás de los arbustos, en los balcones de los departamentos, y él miraba esquejes que entraban en la tierra en forma de fondos rojos de habitaciones aromáticas de sexo y sudor. Miraba el rojo de la habitación a donde llegara: al metro, a la oficina, al consultorio, a la escuela, al mercado, a su cuarto, a sus sábanas, a sus hojas, a sus ojos, a sus tierras, a sus todos. Miraba que quien fuera que le gustase podría ser lo que estaba detrás de esa pantalla, cualquiera que le asustase sería quien en sus plantas ya no había tierra que sostuviera una caída a no saber jamás qué espora había vuelto de cualquier desierto.

Porque cuando andaba él en la calle, y en sus actividades dejaba pendiente el límite entre sueño y realidad. No sabía qué escuchaba si una tarde nublada por sus alucinaciones escuchaba que “¡Mírame!” gritaba ella en la esquina de la habitación abriendo el espacio entre sollozos donde ya no había nada que mirar, y él volviendo su mano a la vista para reconocer que todo estaba estrellado.

Salió, se cubrió el rostro, sombrero y bufanda, audífonos con gritos, temblor y temor, llegó a su casa. Toco otra vez la planta, leyó la historia y sólo cortó un poco un esqueje, dos esquejes, con los que la raíz adventicia era la sangre que volvía a pegar los fragmentos que él plantó en el suelo del retorno.

21 de agosto, 2018

Ciudad de México

La llave

Por Baruch Martínez Treviño

“El mismo sujeto, transformado de súbito, se convierte en un ordenador al volante, no un borracho demiurgo de poder.”
Jean Baudrillard

Cuando intentaba entrar a otra página no podía contenerme ni dos minutos y volvía a buscarla en usuarios de facebook. No me conoce, pero logré escuchar su nombre e intenté dar con ella. Tuve que inventar formas de escribir su nombre porque ni yo escribía el mío como en mi acta de nacimiento. Siento que cuando escribo mi nombre con estas figuras, con esta pronunciación, más que decir quien soy, es como una montaña rusa. Mejor solo escribo letras y puntos, alguna figura por eso de la música y ya, eso soy.
No la encontraba. Tardes solo aquí, entre el maldito calor de este cibercafé y la mierda de mi hermana con su puta música, mi madre jalando y un jodido padre perdido para siempre. Porque aunque el cibercafé estuviera a dos locales – y tuviera las computadoras más lentas de la zona-, era tan alta la música y tanto mi fastidio que terminaba entrando a las porno, en una ventana pequeña, en la esquina del escritorio, mientras en el espacio sobrante seguía insistiendo en mi búsqueda de fotos. Luego ya no era que buscara su nombre, sino que hacía un esfuerzo por recordar su perfil, el largo de su cabello, su estatura, que, por sólo verla a lo lejos, era un poco más difícil recordarla, pero hacía más fácil imaginármela en alguna de las putas de las porno.
Mi imbécil fastidio jodió la hora… claro que no me la jalé ahí, además el señor que atiende seguro que se encerraba en el baño a jalársela, lo evidenciaban sus granos horrendos de punta blanca, su calva y sus manos pequeñas. Me imaginaba que tendría un pene del tamaño de un encendedor, de los que venden fuera del metro. Como el que papá compraba cuando, volviendo del trabajo, usaba para prender sus cigarros y tomar sus cervezas en la entrada de la casa mientras al fondo, entre canciones de José José y de Los cadetes de Linares la voz de mi madre humillaba la vida con sus súplicas-demandas-quejas que ya no se le entendía nada; y yo ahí, de mocoso viendo cómo mi padre se divertía quemando el periódico con el que llegaba, pero guardando una hoja donde estaba la foto de una vieja casi encuerada. Recuerdo que mi padre me la enseñaba y decía mientras golpeaba el periódico: “mira qué belleza, qué buena nalga… ya sabrás cuando se te pare y no sepas qué hacer con tanto calor” y yo sin decirle, sin poder decirle que ya se me paraba.
¡Maldición! ahora debía volver a casa sin erección y teniendo que traer de vuelta al cibercafé el dinero que me faltó para pagar.

Cuando tenía 15 años me gustaba ir al ciber, a ver porno y buscar a la chica que no conocía pero sabía su nombre. Ahora vivo en una ciudad, lejos de donde me crié, en un pequeño cuarto que pago con la mitad de mi salario como burócrata, un cuarto al cual se le cuela la nostalgia, los alaridos de las parejas, los gritos de los choques, los autos que dejan sus motores golpeando un encuentro con el viento. Ahora soy un burócrata de saco y corbata, de brazos delgados, piernas flacas y prominente estómago, en un cuarto ennegrecido de ilusiones de vida independiente.
Eran sueños que creo que mi padre un día por ahí soltó, entre el azote de la puerta y el azote de mi madre con mi hermana al fondo de música estúpida a todo volumen, acá sólo podía pensarme lejos de esta mierda, rayando la pared del baño, tachando el azulejo, rompiéndome en un mensaje: “quisiera no irme”. Pero nadie me detenía y era más mi odio y humillación que sólo brinqué, fuera de casa, a cualquier trabajo: gracias carrera técnica.
(Querer decirle a Mamá, querer un día encontrarme con Papá y decirles: “miren lo que he logrado”, sin saber cómo continuar la oración). Unos compañeros del trabajo me hablaron sobre una app para conseguir sexo, ese comentario hacia que mis poros se volvieran a abrir, como si descubrieran en mi agrietada cara algo de lo que jamás he hablado. Decían que es mejor que buscar putas en la esquina, que a veces te encontrabas con alguien que creía en el amor.
No sé, un tiempo creí en eso. Cuando mi hermana se casó y la vi sonreír sinceramente, porque para milagro de las mujeres de la familia fue la única que se casó no por estar embarazada. Quizá no era creer en el amor, tal vez sólo era saber que no había tanta estupidez, porque casarse, al menos para mí, implicaba un alto grado de estupidez, o eso aprendí en casa.
Que ahora que no dejo de ver mi celular, en el trabajo, en la comida, en reunión con compañeros, los domingos al ver a mi mamá; con nadie lograba hacer “match”. Y leí las descripciones y me comparaba y decía ¿qué foto voy a colocar? Tenía que tener mucha pericia con la luz y el perfil, con la mejor corbata y el gesto más desinteresado pero con tintes de importante; no estoy bromeando, pero casi me tomé 200 fotos para que sólo una pudiera quedar en lo que mejor correspondía a un ofrecimiento de alguien para alguien más. De tantas fotos dejé pasar un día para escribir mi descripción, ya me había gastado mucha dignidad como para intentar escribir. “Alto, formal y fuerte: me gusta la música y los libros, me gusta el romance y salir a pasear con mis amigos, tengo un trabajo estable y un lugar propio donde vivo. Me apasiona la vida y soy de mente abierta.” Todo eso era mentira, si apenas medía 165 centímetros, mientras escribía esto estaba en mi casa con trusa y un suéter, ni que decir de mis brazos delgados y piernas flacas, no recuerdo cuál fue el último libro que leí y bueno, ¿amigos? quizá uno del trabajo, con el que me encontraba para comer. Hubiera sido más honesto si hubiera escrito: Me tardé 200 fotos en elegir una, así que por cordialidad, te agradezco me des una oportunidad.

Insisto en buscarla. Me miro en el espejo, mi cara redonda de poros abiertos y granos listos a ocupar ese espacio apenas terso que añoraba (imaginándome las chicas que se acercarían a mi sonriente y limpio rostro sólo para acariciarme y sintiendo -mientras imitaba con mis mano estas fantasías- sintiendo, no una erección, sino una clase de adormecimiento, de paz, de calma y sueño), de ojeras y piel gris, como si el sol pasara sin dejar rastro en esta vida. Porque decían que no me la jalara cuando un enorme grano era mi cara. Ya no quería salir, ni al ciber, me quedaba echado en la cama, intentando no pensar. Iba al baño a ver si de milagro desaparecían y no, ahí seguían como una cubierta de fracaso con las chicas y, para aligerar esa frustración, me encerraba en el baño con la revista que no le había devuelto a un compañero del salón, de esas revistas de mujeres semidesnudas.
Luego, otra vez, mi vida en la cama esperando no sé que cosa. Quizá que mi padre volviera, quizá que mi madre me llevara al doctor de la piel, pero en vez de eso sólo me gritaba “¡¿Qué chingados estás haciendo ahí echado hijo de tu madre?!  ¡Órale, párate!”, etcétera de gritos.

No hacía nada Madre. Y menos ahora, cuando las sorpresas ya no llegan a esta rutina. Cuando no hay ningún espacio seguro, porque esto de buscar me está cansando, porque no he logrado encontrarla, porque me cansé de las putas y de mi fracaso pero ya no puedo ser un adolescente y no sé si lograré un día tener de vuelta el primer beso que alguien me donó.
Mamá, recuerda que tu hijo vive solo, que es tu tesoro y en su cofre se guarda para aquella que tenga la llave. Pero sospecho que te estás llevando la llave con los años, que la has oxidado y me has encargado no vivir solo, ¿cómo quieres que resuelva esta inmundicia si llevas la llave entre las palabras que te salen del culo para hacerme sentir culpable?

Los domingos soy lo peor que existe, no estoy seguro que esa sea la expresión, pero no me siento cómodo diciendo que “es el peor día que existe” o algo así; es como si el domingo se me hubiera incorporado o como si mi cuerpo se quebrara esos días. Pero, Mamá, Papá, prometo que he intentado ensayar sonrisas en el espejo, comprarme la mejor ropa, una buena loción y un costoso celular. He leído a varios consejeros y sigo el usuario de mi coach personal. He invertido muchos miles de pesos en las sesiones y no dejo de repetir sus consejos: “recuerda que una buena sonrisa es como la llave al corazón de los demás”, “enfrentar tus miedos y aprender de tus errores te volverá insuperable”, “escucha con atención, mirando a los ojos, a quien tengas enfrente”. Lo repito y lo intento, lo repito y lo intento, lo repito y… termino el domingo en mi casa, buscando a aquella chica de nombre raro: di con ella.
–¿Hola? ¿Te acuerdas de mí?
√ visto: 21:59

Ciudad de México, 9 de octubre 2018.

Podría recordar

Escribiré que podría escribir un recuerdo, pero temo que sensaciones me ahoguen en suspiros sin voces.

Escribiré que podría recordar tu voz, pero temo silenciar mi intención de olvidar por arrullar mi cuerpo con tu recuerdo.

Escribiré que podría recordar las palabras que me exhalas al mirarme desde la angustia, pero temo quedarme sin aire para soplar las memorias.

Escribiré que podría recordar tu tacto recargando una sonrisa en tu mano, pero temo mover mi rostro involuntario volviéndome un tic sinsentido.

Escribiré que podría recordar aquellas sábanas limpias de palabras donde sernos cerros de horizontes en noches de belleza, pero temo dormir sin brújula que me guíe.

Escribiré que podría recordar las alegrías que apenas asomaron si no dejaste amanecer, pero temo, por voluntad ciega, volverme nigromante.

Escribiré que podría recordar decirte “lo que más valoro es nuestra compañía” como recuerdo del temor que tiembla por deseos asumidos.

Podría escribir que recordaré; entonces, sin temor a escribir, levantaré el ancla.

La esquina del regreso

Baruch Martínez Treviño

… cuanto mayor es la obstinación con la cual se busca neutralizarla, tanto mayor es la violencia con la cual la Nada desde su abismo nos captura, deforma nuestras vidas, viola nuestros límites…

C. Galli

Un destello de cabello ondulado al aire lo doraba desde la misma grasa que enluta el regreso. Por el rostro pálido con tono mostaza del sol pómulos rojos. Un ardor violeta obturado en lagrimales de noches sin sueños se postraba como cuerpo sin agua.

Ahí, él, en la entrada, preguntando al temple por el señor A. Del ojo desnudo que escrutaba un soplo de alivio en donde “paredes, un muro puso entre él y yo”.

De palabras aplazadas en tiempos que busca un rechazo, otro más, que le diga cuál es su lugar en su exterior. No en su mundo, no tiene, es arrojado en sus palabras posibles sólo en un rechazo. Por eso vino, por un “no” que lo mandaba a su cueva a cubrirse de mierda que no logra proyectar en otra forma que como mierda.

Se va él en ese trayecto a ningún lado, un cuerpo con figuras en sus labios regresa en una mirada de lástima. “¿A quién lástima?”

Lastima su corte de sombrío rechazo por su propia ilusión de ilusionar con lo que no será. ¿A quién sostienes estas ilusiones sino la imagen quebrada desde donde cortar y cortarse? ¿A dónde va el precipicio si viniste a buscar un “no”?

Dorarse la cicatriz en el ardor de la repetición por lástima si desear morir fuera una palabra que sale antes que el cuerpo para que carnada se hile en el mar de olvidos. Que olvidan los padres sus días sin gloria debajo de un colchón de jeringas con orines por el lúgubre ventar de un quizá.

¿Por qué regresaste si emparedado un cuerpo expulsa direcciones de auxilio a algún aliento? Y el cuerpo, como principal función, es hacer sombra a dónde correr el mundo.